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Kyoto, el alma de Japón

Es domingo y entrar a Kyoto, un mundo aparte, un reino peculiar cuya identidad y misión, consiste en preservar las tradiciones del pasado, es impresionante.

Kyoto fue la primera capital de Japón. Un lugar puro por sus tradiciones, el alma y memoria de Japón. La ciudad ha sobrevivido, a fuerza de dignidad, a la globalización, a la modernidad y todas las consecuencias que ésta provoca.

Al llegar después de sólo dos horas en tren de Tokio, la estación recibe a los visitantes en un ambiente "cosmopolita" con una gama de distintas personalidades de todo el mundo; se mezcla lo clásico y contemporáneo: abanicos, kimonos, jóvenes "fashion" barras de café, geishas y sushi. 

Sí, es domingo, y al preguntar en la oficina de turismo nos informan que hay transporte gratuito y no son colectivos... ¡son taxis! Así que buscamos afanosamente el anden; lo encontramos y somos atendidos por un amable guía, que nos lleva hasta al Hyatt, en el centro, ¡totalmente gratis! Por lo que comenta, el servicio de taxi es en todo el centro histórico. El recibimiento a la ciudad es amable, de calidad.

Sorprende la discreción del hotel con aspecto de "villa japonesa" y la combinación entre la sencillez del lugar y los detalles que muestran las tradiciones en su famoso papel artesanal, tipo papel "picado" hecho lámparas; sus colores clásicos en beige, blanco y café; le llaman estilo "contemporáneo japonés". Su jardinería bonsái, las luces tenues y sensuales del lobby, la creatividad en la arquitectura, una escalera impresionante en espiral, insisto me recuerda a nuestro arquitecto Barragán, quien se inspiraba en la filosofía austera de San Francisco de Asís para crear.

Aquí, ofrecen las singulares habitaciones típicas, sin muebles, espaciosas y sólo con lo necesario para dormir en el piso. Muy sano para descansar.

Las personas de Kyoto son de carácter, un carácter forjado por las batallas que han tenido que librar para sostener su patrimonio, su cultura. Así, reservados, ponen barrera, te observan y califican; saben que su cultura y territorio son valuarte de la humanidad y les gusta estar seguros de que la gente que los visita valora su ciudad. 

El ambiente de Kyoto refleja un aire intelectual, el arte, la historia y la tradición se respira, me recuerda a Guanajuato, festivales culturales no pueden faltar. 

Existen diferentes paseos y rutas a los diferentes templos, impresionantes parques donde la espiritualidad es la razón de todo, dando pauta para reflexionar y disfrutar.

Elijo caminar por mi cuenta y sumergirme en las calles antiguas, que son como una pequeña aldea, donde las casas o riocanes de madera impecables parecen de cuento.

Es emocionante ver cómo en ningún otro lugar de Japón, a las personas vistiendo ropa tradicional: llevan su kimono de diario, su arreglo es impecable. El ritmo en esta ciudad es pausado, disfrutan de la vida, se detienen a tomar café, té helado y conservan la hora del té verde, todo un ritual que se puede aprender en el pequeño teatro de la ciudad.

Le pregunto, (luego de pasar por su filtro observador), al taxista, dónde puedo comer, un lugar que a él le guste, sorprendido, me lleva por una avenida repleta de barras de sushi, elige uno, le doy las gracias y los muchos yenes que marca el taxímetro, me dirijo a la entrada, donde hay una barra repleta de personas, sin barreras, disfrutando, riendo, platicando y me siento de pronto como en una taquería. Y así es, preparan una especie de taco relleno de huevo con especias, verdura y su típica "salsa" agridulce con soya, esta vez me ofrecen cerveza clara de la región, y me ponen todo para llevar.

La caminata de regreso al Hyatt, es deliciosa, observo ese don de aire infantil risueño y dulce de los japoneses, que nosotros los mexicanos también conservamos: se detienen a jugar en estos locales llenos de luces de neón y máquinas tragamonedas que te dan de regalo un peluche que tienes que cazar tú mismo. Como en las ferias. Brincan en medio de un aparato de diversos sonidos y crean música al golpear una especie de tambor guiados por la computadora. Y las dulcerías no faltan, abiertas hasta entrada la noche siguen ofreciendo dulces típicos de arroz y también galletas y chocolates... pienso en resistirme, no lo logro, mi parte infantil aflora y gana.

A primera hora, decido el itinerario, tal vez en bicicleta... descubrir el barrio celebre tradicional de Gion, rodeado de Okiyas o posadas al lado del río Kamo, llamado el distrito de las Geishas componentes singulares de la historia japonesa.

Es en Kioto donde se forman, desde los 5 años, las geishas profesionales: mujeres de arte y danza, para ceremonias.

Su entrenamiento es parecido al de una primera bailarina, estricto y disciplinado. Ellas son anfitrionas en fiestas privadas selectas, con personalidades de todo el mundo, son una especie de embajadoras y un singular componente de la cultura japonesa.

Gion Kobe, en Kioto, es el distrito más tradicional y célebre, donde por cierto no veo franquicias internacionales, todo parece local. 

El antiguo café Noén situado en la esquina del pequeño teatro, sirve té helado y raspados de frutas exóticas; muy apreciados en la calurosa tarde de verano cuando caen del cielo más de 40 grados. ¡Qué calor!

Recorrer la estrechas calles y descubrir la belleza de los trajes típicos o kimonos, el orgullo al llevarlos, y al mismo tiempo traer un buen corte de cabello, sin complejos, que refleja un cuidado personal impecable, disfrutar la arquitectura como de maqueta de cuento, todo de madera, con esos candiles rojos y blancos, redondos y cuadrados que dan la bienvenida en cualquier umbral, y la maravilla de caminar y encontrar a las geishas despidiendo, después de una cena o ceremonia de té a sus invitados, ellas son reservadas y no acostumbran platicar, mucho menos dejarse fotografiar, al acercarme, un grupo de italianos me dice: ¡ella es la geisha del año!, así que me acerco con admiración (no podría, ni en sueños, pagar una hora de su tiempo) y amable acepta una foto, su kimono es de seda fina y colores brillantes, dorados, un tocado de princesa.

Gion representa la historia, solemnidad y altivez, la naturaleza de todo japonés. Este distrito se siente independiente, libre, y amable al visitante dado por su espiritualidad y generosidad.