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Una acción rápida puede ayudar a los países en desarrollo a limitar los daños económicos de la enfermedad por coronavirus

El brote de la nueva enfermedad por coronavirus (COVID-19) ha causado ya un alto costo en vidas humanas y se reconoce por lo que es, una emergencia sanitaria mundial. A medida que el virus se propaga por el planeta, la pregunta es ahora si se pueden proteger las vidas de las personas y detener los daños económicos.

A partir de experiencias pasadas, sabemos que una acción firme, coordinada y rápida marca la diferencia cuando la economía mundial enfrenta una amenaza común. Eso está empezando a ocurrir. Diversos países han anunciado programas de estímulos, varios han reducido las tasas de interés y tanto el Grupo Banco Mundial como el Fondo Monetario Internacional (i) han dado a conocer grandes paquetes de asistencia financiera para ayudar a los países a afrontar la crisis sanitaria y limitar los perjuicios económicos.

En las próximas semanas, todos los países deberán tomar medidas de políticas concretas para proteger a sus poblaciones y reducir los daños a sus economías.

Sin embargo, lo que viene será crucial: en las próximas semanas, todos los países —incluso aquellos que no tienen ningún paciente con la enfermedad por coronavirus— deberán tomar medidas de políticas concretas para proteger a sus poblaciones y reducir los daños a sus economías.

Nadie puede predecir de manera fiable el impacto económico total. Demasiado depende de cosas que son imposibles de saber, como la duración del brote, la cantidad exacta de países afectados y la magnitud de la movilización y mantención de una respuesta normativa rápida, coordinada y concertada. Pero sí sabemos que el brote se manifestó en un momento en que la economía mundial estaba débil, cuando el crecimiento global empezaba a recuperarse de su tasa más baja (i) desde la crisis financiera de 2009.

Esto tiene consecuencias preocupantes para los países en desarrollo: condiciones más estrictas de los créditos, un crecimiento más débil y el desvío de recursos públicos para combatir el brote podría disminuir los fondos disponibles para prioridades de desarrollo fundamentales. Una recesión económica podría afectar también la lucha contra la pobreza extrema. Es imprescindible, por lo tanto, que los encargados de formular las políticas en todas partes reconozcan de qué manera los daños económicos se pueden traspasar de un país a otro, y actúen rápidamente para prevenir que se propaguen.

Es probable que ese traspaso se produzca a través de diversas vías. La primera es el comercio: las cadenas de valor mundiales, que representan alrededor de la mitad del comercio mundial (i), se ven interrumpidas por cierres de fábricas y retrasos en la reanudación de las operaciones. La segunda son los flujos financieros externos, que se podrían retirar de los países afectados por esta enfermedad. La tercera es el capital nacional —tanto humano como financiero— que está empezando a ser desaprovechado a medida que las fábricas están inactivas y las personas permanecen en sus hogares. La cuarta es el transporte y el turismo, una importante fuente de ingresos para numerosos países en desarrollo (i) que está disminuyendo con la baja de la demanda y el aumento de las restricciones para viajar. Por último, las bruscas caídas de los precios de los productos básicos perjudicarán a los países en desarrollo que dependen de ellos para obtener ingresos que tanto necesitan.

Los Gobiernos deben evitar las políticas proteccionistas, que podrían empeorar las alteraciones en las cadenas de valor mundiales y aumentar los ya elevados niveles de incertidumbre. Pero más importante aún, los Gobiernos deben evitar la restricción de las exportaciones de alimentos y productos médicos necesarios y, en cambio, trabajar juntos para apoyar una mayor producción y asegurar que los recursos lleguen a los lugares donde más se requieren.

Para hacer frente a estos desafíos será necesaria la cooperación mundial. Los Gobiernos deben evitar las políticas proteccionistas, que podrían empeorar las alteraciones en las cadenas de valor mundiales y aumentar los ya elevados niveles de incertidumbre. Pero más importante aún, los Gobiernos deben evitar la restricción de las exportaciones de alimentos y productos médicos necesarios y, en cambio, trabajar juntos para apoyar una mayor producción y asegurar que los recursos lleguen a los lugares donde más se requieren. En el mediano plazo, y a medida que las condiciones económicas mejoren, la recomendación para los responsables de las políticas es no mirar introspectivamente, sino incentivar a las empresas a mantener altos niveles de inventarios y a diversificar a sus proveedores para gestionar mejor los riesgos.

Además de la cooperación, será necesaria la asistencia internacional, particularmente para los países de África al sur del Sahara que carecen de la infraestructura sanitaria que se requiere para frenar la pandemia. Y todos los países deben colaborar para aumentar la transparencia en la información sobre la propagación del brote, ya que el miedo y la desinformación puede aumentar sus impactos económicos.

Por su parte, los países en desarrollo deben actuar rápidamente para:

Aumentar el gasto en salud: en muchos países en desarrollo, los sistemas de salud pública siguen siendo débiles, haciendo que sus poblaciones sean vulnerables a la rápida propagación del brote. Los Gobiernos deben incrementar las inversiones que refuercen estos sistemas para permitir programas de tratamiento y control más rápidos. Fortalecer las redes de protección social: las transferencias de efectivo y los servicios médicos gratuitos para las personas más vulnerables podrían ayudar a frenar el brote y también a limitar los daños financieros derivados de este. Apoyar al sector privado: dado que es probable que empresas de todo tipo se vean afectadas, sería beneficioso que estas tengan acceso a créditos, reducciones de impuestos o subsidios de corto plazo. Contrarrestar las alteraciones de los mercados financieros: los bancos centrales en los países en desarrollo —en particular aquellos que son susceptibles a periodos de aversión al riesgo— deben estar preparados para reaccionar a movimientos de los mercados financieros incontrolados. Tal vez necesiten bajar las tasas de interés e inyectar liquidez para restablecer la estabilidad financiera y aumentar el crecimiento.

Los responsables de las políticas enfrentan tiempos difíciles y deben estar a la altura de las circunstancias, actuando de manera rápida, firme y colaborativa.

El Grupo Banco Mundial está desempeñando una función clave para ayudar a los países en desarrollo a adoptar las medidas necesarias en estas esferas. Con nuestro paquete inicial acelerado por un monto de USD 12 000 millones proporcionaremos apoyo inmediato para los esfuerzos de los países en desarrollo dirigidos a fortalecer los sistemas sanitarios y minimizar los daños a las personas y las economías. Dependiendo de la duración y la gravedad de la pandemia, estaremos preparados para poner en marcha una segunda fase de asistencia, con un mayor énfasis en los impactos sociales y económicos.

Con el paquete se moviliza un conjunto completo de nuestras capacidades —provenientes del Banco, la Asociación Internacional de Fomento (AIF) y la Corporación Financiera Internacional (IFC)— para limitar los daños tan pronto como sea posible. IFC, por ejemplo, está trabajando con los bancos comerciales a fin de aumentar el financiamiento del comercio y el capital de trabajo para las empresas. También apoyará directamente a sus clientes corporativos, concentrándose en sectores estratégicos, como el equipamiento médico y los productos farmacéuticos, para mantener las cadenas de suministro y reducir los riesgos de deterioro de la situación.

A pesar de las turbulencias en los mercados financieros, los encargados de formular las políticas deben mantener la calma. Deben utilizar todos los instrumentos normativos que tienen a su disposición, entre ellos las políticas monetarias, fiscales, comerciales y de inversión, para aumentar la confianza. Durante la última crisis financiera mundial, la respuesta normativa coordinada y sincronizada fue crucial para controlar dicha crisis. Una vez más, los responsables de las políticas enfrentan tiempos difíciles y deben estar a la altura de las circunstancias, actuando de manera rápida, firme y colaborativa.

Ceyla Pazarbasioglu
Vicepresidenta de Crecimiento Equitativo, Finanzas e Instituciones (EFI), Grupo Banco Mundial