La revista electrónica de Los Cabos
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Córcega




Porque ahí el mar es a la montaña vamos a la isla de la belleza… Córcega es una isla francesa que se encuentra en el Mar de Liguria. Su longitud es de 180 km de largo por 80km de ancho, se encuentra a solo 11km de Cerdeña, Italia.

Una Isla democrática que sin nacionalismos se ha vuelto mestiza y única. A saber, que los corsos hablan una lengua peculiar, una mezcla en-tre el francés y el italiano. Y algo desafortunado: Dicen que Napoleón era de aquí.

Llegamos. Se puede elegir tirarse al sol, junto al mar turquesa y sus lagunas o pasear hacia la montaña y disfrutar de su gastronomía denominada “terroir”, así como descubrir los vinos bien logrados en una tierra en la que nadie creía fuera posible.

La comida corsa es rica en productos del mar, caminando cuesta arriba descubrirás pueblecitos con pocas casas de piedra que la realidad son comunas. Hoy vamos a pasear en el balneario Calvi es buena opción donde hay clubes, bares y boutiques. Luego… El puerto medieval de Bonifacio es imperdible. La brisa del mar tiene gran influencia en sus vinos… en tierra de granito se da la primera siembra.

Cerca, en las granjas se crean las mejores ovejas y vacas, produ-cen de los mejores jamones, quesos y salchichas de la región que se van a toda Francia e Italia. La oferta de hoteles es rural para ubicarse, pero también hay de lu-jo, pretendiendo emular a Saint Tropez, pero nada que ver, esto es menos snob.

Vamos hacia los viñedos de Ajaccio y Calva, el de Porto amurallado construido en el medioevo por genoveses que hoy es patrimonio de la humanidad. Y mira… Aquí en Córcega no se carga impuesto a los vinos, esto para disfru-te e impulso de todos pues es bastante económico en comparación con el resto de Europa. Pinos y mimosas se puedes ver en el camino, me recuerda su pue-blo que no ha cesado el movimiento que pide la Independencia de Francia. Nos dio hambre. El costillar de cordero bañado con hiervas y pimientos rojos a las brasas, o el atún asado con albahaca es una delicia. Cerca nos detenemos en un bosque de pinos a respirar. Huele a langosta, es el pueblito de Pigna hasta la punta de las montañas Balange con su mirador al mediterráneo. Tomates, berenjenas y calabacitas con anchoas concluyen la deli-ciosa cena.

Vamos al campamento a descansar bajo las estrellas. Me entero en el almuerzo que es un viaje gastronómico, con sabo-res especiales que reconozco. Las recetas basadas solo en jitomates y pasta es uno de los moti-vos que une a Italia y Francia en esta latitud, los chefs Italianos fu-sionan sus ideas con las francesas sin complejos. La más hermosa puesta de sol es en Porto-Vecchio donde pruebo una degustación de pesca del día envuelta en pistache con helado de pepino. Extraordinario escenario.

Aquí los caminos también son empinados en medio del bosque y conducen a las fondas que sirven sopa de la montaña, donde el queso de oveja acompaña. Pequeñas lagunas son parte del recorrido hasta llegar a la finca de 1934 Clos Capitoro en Balange, cerca de la capital, dirigido por Ser-ge Ricco que cuenta con la más interesante cava de vinos de toda la isla. Su cocina es tradicional, con esa carne a las brasas que re-mite a la de Italia.

Para probar más vinos es necesario ir a Calvi en las montañas don-de esta Cassano con esa panadería y bar dignos de la tradición francesa, y de aquí se puede pedir el recorrido a las fincas como la Renucci o ir a Sartene, una región vinícola donde Pierre Richarme dirige la pizzería y el maridaje.

Imperdible es visitar el mercado de Ajaccio capital con gran abun-dancia de productos locales frescos, de donde me llevo un queso.

Para despedirnos vamos a la Playa de Ostriconi, y leyendo descu-bro que Córcega fue colonizada por los griegos, los etruscos y los romanos antes de quedar como territorio de Génova por 400 años, hasta que desde 1770 es territorio de Francia. ¡Que excentricidad!